Las ironías de la vida

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Al ver el hacha a unos centímetros de él, no pudo evitar pensar en las ironías de la vida. Durante el tiempo que pasó en la cárcel, por estafar a varios con el cuento de la casa propia, pensó que meterse en la cocina le evitaría el esfuerzo físico, a él que nunca en su vida esforzó sus músculos. Lo que no previó es que sus compañeros lo pusieran cada madrugada a cortar madera para los fogones. Así, cada día de sus cinco años de encierro, acrecentó con mucho sufrimiento su conocimiento sobre las vetas de la madera, el ángulo correcto de impacto y la posición adecuada, amén de perfeccionar el corte limpio y destrozador de los troncos. Era al final un experto, nacido para cortar.

Ahora estaba libre y se encontraba allí, camino a su pueblo natal, frente a frente con esa herramienta que juró nunca volver a tocar… ¡No esperó más! y, agarrando con firmeza el hacha, se lanzó contra la puerta de esa casa que se estaba incendiando, en cuyo interior se escuchaban los gritos desesperados de unos niños.

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